Escribió la esquela
con mano insegura,
sin saber que sería
la última de su vida.
"Querida madre,
deseo sepas que
estoy bien, esperando
muy pronto termine
esta guerra y pueda
retornar a casa.
Dile a padre
que todas las noches,
mirando las estrellas,
lo recuerdo con amor
y respeto.
Te abraza,
quien mucho te quiere".
Cuando las tropas
tomaron la colina y
arrasaron las trincheras,
el repliegue fue inmediato
y desordenado.
Junto a la casamata
del lado este, donde
el alambrado desprendido
formaba un ovillo gigantesco,
una hoja escrita con letras
desteñidas, flotaba al viento
bajo el fuego cruzado de los
morteros.
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Saturday, April 29, 2006
Saturday, April 22, 2006
Adios
Cuando colgaban
de las enredaderas
la últimas flores de
una primavera tardía,
nos encontramos
en la librería de la
esquina.
Nadie como ella
supo cantar el aria primegenio
de mis noches en vela.
Su nombre
lo guardo como camafeo
de marfil tallado
en cofre de plata.
Se fue un día
persiguiendo un ideal.
- Tengo poquísimo tiempo -
me dijo.
- Quiero agradecerte lo que tú
desde hace tiempo me brindaste
y al recordarte siempre me lleno
de gratitud .
No sé si volveré,
pero desde donde me encuentre
pediré al Señor de la Vida
por tu felicidad, esa felicidad
que se encuentra en nuestro
propio corazón -
Revolviendo archivos,
entre unos viejos papeles
encontré su carta.
Una extraña sensación
de tibieza me hizo saltar
una lágrima que la sequé
prontamente.
No quise que las
cicatrices del tiempo
volvieran a lastimar.
de las enredaderas
la últimas flores de
una primavera tardía,
nos encontramos
en la librería de la
esquina.
Nadie como ella
supo cantar el aria primegenio
de mis noches en vela.
Su nombre
lo guardo como camafeo
de marfil tallado
en cofre de plata.
Se fue un día
persiguiendo un ideal.
- Tengo poquísimo tiempo -
me dijo.
- Quiero agradecerte lo que tú
desde hace tiempo me brindaste
y al recordarte siempre me lleno
de gratitud .
No sé si volveré,
pero desde donde me encuentre
pediré al Señor de la Vida
por tu felicidad, esa felicidad
que se encuentra en nuestro
propio corazón -
Revolviendo archivos,
entre unos viejos papeles
encontré su carta.
Una extraña sensación
de tibieza me hizo saltar
una lágrima que la sequé
prontamente.
No quise que las
cicatrices del tiempo
volvieran a lastimar.
Saturday, April 15, 2006
El indulto
Cuando las pesadas puertas
de la prisión cerraronse
tras él,
un cuarto de siglo
había transcurrido
desde que el juez
de setencia leyole
la condena.
Temeroso, con el bolso
raído colgando en uno
de sus hombros, avanzó
hacia el retén de salida.
El sol castigaba sin piedad
las calles empedradas
y un rio de sudor
le ensopaba la camisa
descolorida
Un papel amarillento,
escrito con letras
casi infantiles,
lo llevaba a la dirección
indicada.
El tren de las quince quince
lo depositó en el andén
cargado de nostalgias
pueblerinas y recuerdos
casi borrados en los aceros
de la cárcel.
Una semisonrisa
le dibujó los labios
cuando vió los techos
que asomaban entre
las copas añosas
de la alameda.
Nadie salió a recibirlo
cuando cruzó el patio
lleno de trastos
inservibles.
Subía los cuatro
peldaños de madera,
cuando la puerta se
abrió de pronto,
y una voz ronca,
áspera como la vida,
gritó:
-¿Para qué volviste?-
de la prisión cerraronse
tras él,
un cuarto de siglo
había transcurrido
desde que el juez
de setencia leyole
la condena.
Temeroso, con el bolso
raído colgando en uno
de sus hombros, avanzó
hacia el retén de salida.
El sol castigaba sin piedad
las calles empedradas
y un rio de sudor
le ensopaba la camisa
descolorida
Un papel amarillento,
escrito con letras
casi infantiles,
lo llevaba a la dirección
indicada.
El tren de las quince quince
lo depositó en el andén
cargado de nostalgias
pueblerinas y recuerdos
casi borrados en los aceros
de la cárcel.
Una semisonrisa
le dibujó los labios
cuando vió los techos
que asomaban entre
las copas añosas
de la alameda.
Nadie salió a recibirlo
cuando cruzó el patio
lleno de trastos
inservibles.
Subía los cuatro
peldaños de madera,
cuando la puerta se
abrió de pronto,
y una voz ronca,
áspera como la vida,
gritó:
-¿Para qué volviste?-
Sunday, April 09, 2006
Soledad
Elegí a la soledad
como la mejor
de mis amigas.
Tiene el sabor
de las cosas
sin nombres ni títulos.
No hay adjetivos
que la califiquen.
Es como el yuyo
que crece entre
los silbidos del viento.
Hay momentos
que me da verguenza
mostrarla, desnuda
y pálida.
La conservo
con la avaricia
de un misántropo,
con los celos
enfermizos de
un soñador sin
sueños.
Es mía, muy mía
y no quiero perderla
en este verano
de hojas muertas.
como la mejor
de mis amigas.
Tiene el sabor
de las cosas
sin nombres ni títulos.
No hay adjetivos
que la califiquen.
Es como el yuyo
que crece entre
los silbidos del viento.
Hay momentos
que me da verguenza
mostrarla, desnuda
y pálida.
La conservo
con la avaricia
de un misántropo,
con los celos
enfermizos de
un soñador sin
sueños.
Es mía, muy mía
y no quiero perderla
en este verano
de hojas muertas.
Sunday, April 02, 2006
La prueba
Le preguntaron si la noche
del crímen estaba en la ciudad.
Dudó en responder,
se aferró a la silla,
y no atinó a secarse
el sudor que le corría
a raudales.
Sí - contestó -
estaba en la ciudad.
-¿ Puede decirme dónde?-
- En la casa de mi madre -
- ¿ Horario? -
La duda volvió al galope
y un fuerte dolor en el pecho
lo abatió aún más.
- Cerca de las 23, y me quedé
hasta pasada la medianoche,
creo, porque no me fijé en
la hora exacta -
El policía con más teatralidad
que oficio, sabiendo las bazas
con las cuales estaba jugando,
abrió sin apuro el cajón
del escritorio y extrajo un
sobre blanco, como el rostro
del hombre interrogado.
- Aquí - dijo - hay unas cartas.
Silencio.
- Sería importante - continuó -
que Ud. reconociera la letra o,
caso contrario, las mando a un
peritaje caligráfico -
Los tambores de guerra
sonaron con rítmo frenético
en aquel corazón perforado ,
vaya uno a saber, por cuantos
alfileres al rojo vivo.
Nada contestó el sospechoso.
Cuando el uniformado intentaba
introducir la mano para sacar
los papeles, un sollozo
explotó al otro lado del
escritorio y en un grito
que salió alarido, exclamó:
- Yo la maté, señor -
- Yo la maté por amor -
del crímen estaba en la ciudad.
Dudó en responder,
se aferró a la silla,
y no atinó a secarse
el sudor que le corría
a raudales.
Sí - contestó -
estaba en la ciudad.
-¿ Puede decirme dónde?-
- En la casa de mi madre -
- ¿ Horario? -
La duda volvió al galope
y un fuerte dolor en el pecho
lo abatió aún más.
- Cerca de las 23, y me quedé
hasta pasada la medianoche,
creo, porque no me fijé en
la hora exacta -
El policía con más teatralidad
que oficio, sabiendo las bazas
con las cuales estaba jugando,
abrió sin apuro el cajón
del escritorio y extrajo un
sobre blanco, como el rostro
del hombre interrogado.
- Aquí - dijo - hay unas cartas.
Silencio.
- Sería importante - continuó -
que Ud. reconociera la letra o,
caso contrario, las mando a un
peritaje caligráfico -
Los tambores de guerra
sonaron con rítmo frenético
en aquel corazón perforado ,
vaya uno a saber, por cuantos
alfileres al rojo vivo.
Nada contestó el sospechoso.
Cuando el uniformado intentaba
introducir la mano para sacar
los papeles, un sollozo
explotó al otro lado del
escritorio y en un grito
que salió alarido, exclamó:
- Yo la maté, señor -
- Yo la maté por amor -
Saturday, March 25, 2006
Las cuentas
Afuera montaban guardia
los sicarios del gobernador
para ajustar cuentas
pendientes desde la última
juerga en el quilombo
de la Marta.
Pensó en escapar
por los techos,
pero desechó la idea.
Con la pierna coja
resultaría casi imposible
escalar el muro
y correr por el cinc acanalado.
Buscó abajo del mostrador
una puerta trampa salvadora
que lo llevara al sótano,
pero el piso de madera,
gastado y sucio,
no mostraba salientes
ni manijas.
El depósito pegado al bar
era inaccesible porque la
puerta de chapa,
estaba cerrada con
tranca y llave.
Se acordó de Antonia
con su mirar profundo,
de su manos cálidas
y su forma de amar
con pasión y ternura.
Esquivó la angustia
que caminaba por las
cornisas de la noche,
y se mordió los labios
para no llorar.
-Dios padre - murmuró
- ten piedad de este indio
estúpido que nunca te
pide nada -; le respondieron
los grillos escondidos en las
paredes carcomidas.
Evidentemente, no había
alternativas.
Recargó el 38 largo,
amartilló el percutor,
escupió el último resto
de tabaco, y salió
a morir matando.
los sicarios del gobernador
para ajustar cuentas
pendientes desde la última
juerga en el quilombo
de la Marta.
Pensó en escapar
por los techos,
pero desechó la idea.
Con la pierna coja
resultaría casi imposible
escalar el muro
y correr por el cinc acanalado.
Buscó abajo del mostrador
una puerta trampa salvadora
que lo llevara al sótano,
pero el piso de madera,
gastado y sucio,
no mostraba salientes
ni manijas.
El depósito pegado al bar
era inaccesible porque la
puerta de chapa,
estaba cerrada con
tranca y llave.
Se acordó de Antonia
con su mirar profundo,
de su manos cálidas
y su forma de amar
con pasión y ternura.
Esquivó la angustia
que caminaba por las
cornisas de la noche,
y se mordió los labios
para no llorar.
-Dios padre - murmuró
- ten piedad de este indio
estúpido que nunca te
pide nada -; le respondieron
los grillos escondidos en las
paredes carcomidas.
Evidentemente, no había
alternativas.
Recargó el 38 largo,
amartilló el percutor,
escupió el último resto
de tabaco, y salió
a morir matando.
Saturday, March 18, 2006
La visita
Llovía torrencialmente
cuando sonó el timbre,
estridente, rompiendo
el silencio de la siesta.
La figura empapada
algo gacha, apoyada
en un bastón de algararrobo
insistía con el dedo pegado
al interruptor.
Un soplo de sospecha
nubló, ligeramente,
los ojos de mi madre
parada en el descando
de la escalera, sin atreverse
a bajar hasta la puerta
de calle.
Desde el dormitorio yo
espiaba aquella escena
teñida con cierto temblor
en la boca del estómago.
La lluvia agitaba
los árboles del parque
y la humedad hacía más
pegajoso el verano tardío.
Cuando ella abrió la puerta
una leve corriente de aire
cruzó el espacio salpicando
con pequeñas gotas la
vieja alfombra persa
despelechada por los años.
La exclamación de su voz,
la recuerdo aún hoy
cuando veo llover como
aquel día en que mamá,
al abrir la cancela
se encontró cara a cara,
con un anciano
destruído por la vida,
que , mirándola mansamente
como perro enfermo,
le dijo quédamente:
- Sé que no tengo derecho
a mirarte la cara,
pero, mujer, ¿ me dejarías
morir en mi casa?
cuando sonó el timbre,
estridente, rompiendo
el silencio de la siesta.
La figura empapada
algo gacha, apoyada
en un bastón de algararrobo
insistía con el dedo pegado
al interruptor.
Un soplo de sospecha
nubló, ligeramente,
los ojos de mi madre
parada en el descando
de la escalera, sin atreverse
a bajar hasta la puerta
de calle.
Desde el dormitorio yo
espiaba aquella escena
teñida con cierto temblor
en la boca del estómago.
La lluvia agitaba
los árboles del parque
y la humedad hacía más
pegajoso el verano tardío.
Cuando ella abrió la puerta
una leve corriente de aire
cruzó el espacio salpicando
con pequeñas gotas la
vieja alfombra persa
despelechada por los años.
La exclamación de su voz,
la recuerdo aún hoy
cuando veo llover como
aquel día en que mamá,
al abrir la cancela
se encontró cara a cara,
con un anciano
destruído por la vida,
que , mirándola mansamente
como perro enfermo,
le dijo quédamente:
- Sé que no tengo derecho
a mirarte la cara,
pero, mujer, ¿ me dejarías
morir en mi casa?
Saturday, March 11, 2006
Cerro Concepción
Nunca antes
se había llegado tan lejos
en esa disputa por el cerro
que separaba las dos
propiedades y daba sombras
al pueblo recostado
en la ladera este.
El litigio no se amparaba
en títulos ni herencias,
tampoco en fallos
judiciales o en pergaminos
coloniales apolillados
en vaya saber que registros.
La cuestión pasaba
por amores clandestinos
en circunstancias oscuras
y perdidas en la memoria
pueblerina.
Nadie se atrevía a contar que
Concepción Rojas de Arévalo,
legalmente casada
con libreta y cura,
enamorose perdidamente,
sin vergüenza y con pasión
bastante desenfrenada,
del francés vendedor
de baratijas y brebajes
para el dolor de muelas ,
que recaló en el poblado
al final del invierno,
un montón de años atrás.
Cuando el rumor llegó
al campo de los Arévalo,
habían pasado varios meses,
casi un año.
En el interín, el astuto galo,
con dineros ganados
en sus andanzas y joyas
que la Concepción aportara,
adquirió unas leguas
al otro lado del cerro que
servía como muro de contensión
con la estancia "La Purísima"
del mismísimo marido de la
dama encamotada.
Una tarde, como Dios manda,
el honor empuja y los celos
ejecutan,
galopó Sebastián Arévalo
carabina en ristre hacia
el otro lado del cerro.
Uno de sus peones siguió
a la señora de la casa que,
habiendo partido,
siesta de por medio,
se refocilaba con su
amante bonapartista.
El encuentro fué para dirimir
lo que una pollera puede causar
cuando el sol calienta
el bajo vientre.
Se cruzaron dos disparos,
uno salió de la carabina
Remington que portaba
el hombre de a caballo y,
el otro, de una escopeta
calibre 16, un solo caño,
pavonada y con culata de
cedro repujado.
Actualmente, las tierras de
doña Concepción Rojas ,
viuda de Arévalo, se
extienden en ambas
pendientes del cerro que,
por gentileza del alcalde,
calzonudo de primer turno,
fué llamado Concepción
para pagar los favores
de tan ilustre dama,
mientras que en el cementerio,
dos tumbas, casi abandonadas,
separadas por un sendero
de tierra, se miran de reojo,
todos los santos días.
se había llegado tan lejos
en esa disputa por el cerro
que separaba las dos
propiedades y daba sombras
al pueblo recostado
en la ladera este.
El litigio no se amparaba
en títulos ni herencias,
tampoco en fallos
judiciales o en pergaminos
coloniales apolillados
en vaya saber que registros.
La cuestión pasaba
por amores clandestinos
en circunstancias oscuras
y perdidas en la memoria
pueblerina.
Nadie se atrevía a contar que
Concepción Rojas de Arévalo,
legalmente casada
con libreta y cura,
enamorose perdidamente,
sin vergüenza y con pasión
bastante desenfrenada,
del francés vendedor
de baratijas y brebajes
para el dolor de muelas ,
que recaló en el poblado
al final del invierno,
un montón de años atrás.
Cuando el rumor llegó
al campo de los Arévalo,
habían pasado varios meses,
casi un año.
En el interín, el astuto galo,
con dineros ganados
en sus andanzas y joyas
que la Concepción aportara,
adquirió unas leguas
al otro lado del cerro que
servía como muro de contensión
con la estancia "La Purísima"
del mismísimo marido de la
dama encamotada.
Una tarde, como Dios manda,
el honor empuja y los celos
ejecutan,
galopó Sebastián Arévalo
carabina en ristre hacia
el otro lado del cerro.
Uno de sus peones siguió
a la señora de la casa que,
habiendo partido,
siesta de por medio,
se refocilaba con su
amante bonapartista.
El encuentro fué para dirimir
lo que una pollera puede causar
cuando el sol calienta
el bajo vientre.
Se cruzaron dos disparos,
uno salió de la carabina
Remington que portaba
el hombre de a caballo y,
el otro, de una escopeta
calibre 16, un solo caño,
pavonada y con culata de
cedro repujado.
Actualmente, las tierras de
doña Concepción Rojas ,
viuda de Arévalo, se
extienden en ambas
pendientes del cerro que,
por gentileza del alcalde,
calzonudo de primer turno,
fué llamado Concepción
para pagar los favores
de tan ilustre dama,
mientras que en el cementerio,
dos tumbas, casi abandonadas,
separadas por un sendero
de tierra, se miran de reojo,
todos los santos días.
Saturday, March 04, 2006
El cortejo
El sonido de la aldaba
quebró la transparencia
de la madrugada,
mezclándose con los
primeros trinos de
las aves invernales.
El sudor frío
marcó la camisa
blanca e impoluta
con dos largas rayas
sobre la pechera
almidonada.
Era el momento
de enfrentar el llanto
que brotaba de aquellos
ojos marrones y se perdía
entre la rosas amarillas
adocenadas en jarrones
de porcelana china.
Tomó el abrigo
y, devotamente, se
lo echó a la espalda.
Sombrero y bastón
lo aguardaban en el
vestíbulo
enmaderado y tibio.
Afuera, en el coche
tirado por cuatro alazanes
ataviados con negros crespones
donde reposaba el cuerpo
de su amada,
formaba el cortejo
numeroso y doliente
para emprender el camino
sin retorno.
quebró la transparencia
de la madrugada,
mezclándose con los
primeros trinos de
las aves invernales.
El sudor frío
marcó la camisa
blanca e impoluta
con dos largas rayas
sobre la pechera
almidonada.
Era el momento
de enfrentar el llanto
que brotaba de aquellos
ojos marrones y se perdía
entre la rosas amarillas
adocenadas en jarrones
de porcelana china.
Tomó el abrigo
y, devotamente, se
lo echó a la espalda.
Sombrero y bastón
lo aguardaban en el
vestíbulo
enmaderado y tibio.
Afuera, en el coche
tirado por cuatro alazanes
ataviados con negros crespones
donde reposaba el cuerpo
de su amada,
formaba el cortejo
numeroso y doliente
para emprender el camino
sin retorno.
Saturday, February 25, 2006
Cartagena de Indias
En la ciénaga de la Vírgen
mirando al convento
de la Popa,
deslumbrado por el sol
de Cartagena,
me pareció descubrir
el velero bergantín
que me enseñara Espronceda
en aquellos sus versos
desplegados al viento.
En ese niño que aún
sobrevive entre
los sueños largamente
dormidos,
la visión de las murallas
que corren desde el Reducto
hasta Santa Catalina
hizo aparecer al capitán
de artillería ordenando
que los siete cañones
defendieran a sangre y fuego
la ciudadela atacada
por el pirata Drake.
En esa película deslumbrante y
multicolor que la adrenalina
lúdica nos hace volar
a alturas insospechadas
vi a la flota pirata retornar
mar adentro,
cuando la voz del guía
me quebró el delirio
y no tuve más remedio
que continuar la visita.
mirando al convento
de la Popa,
deslumbrado por el sol
de Cartagena,
me pareció descubrir
el velero bergantín
que me enseñara Espronceda
en aquellos sus versos
desplegados al viento.
En ese niño que aún
sobrevive entre
los sueños largamente
dormidos,
la visión de las murallas
que corren desde el Reducto
hasta Santa Catalina
hizo aparecer al capitán
de artillería ordenando
que los siete cañones
defendieran a sangre y fuego
la ciudadela atacada
por el pirata Drake.
En esa película deslumbrante y
multicolor que la adrenalina
lúdica nos hace volar
a alturas insospechadas
vi a la flota pirata retornar
mar adentro,
cuando la voz del guía
me quebró el delirio
y no tuve más remedio
que continuar la visita.
Saturday, February 18, 2006
La novia
Tuvo la gentileza
de guardar celosamente
el secreto que nos condenaba
al infierno más temido.
En el tibio centelleo
de su boca aterciopelada,
libé en incontables noches,
la pasión de un
verano desenfrenado.
La amé entre torcazas
y flores silvestres,
en el arroyo de
piedras blancas
y en el dulce rilar de
las mañanitas frescas.
Cuando venía a casa
obligada por el rito
de las visitas de cumplido,
se sentaba, muy estirada,
en el sofá color mostaza,
sosteniendo una taza de té
humeante.
En esas tenidas
sufría como un
condenado esperando
que el arcano abriera
sus compuertas y un río
de agua hirviendo
me arrastrara al fondo
de las calígines.
Quién de la familia
podría haber aceptado
que ese adolescente,
lampiño y contestatario,
hubierase enamorado
de la novia de
su hermano.
de guardar celosamente
el secreto que nos condenaba
al infierno más temido.
En el tibio centelleo
de su boca aterciopelada,
libé en incontables noches,
la pasión de un
verano desenfrenado.
La amé entre torcazas
y flores silvestres,
en el arroyo de
piedras blancas
y en el dulce rilar de
las mañanitas frescas.
Cuando venía a casa
obligada por el rito
de las visitas de cumplido,
se sentaba, muy estirada,
en el sofá color mostaza,
sosteniendo una taza de té
humeante.
En esas tenidas
sufría como un
condenado esperando
que el arcano abriera
sus compuertas y un río
de agua hirviendo
me arrastrara al fondo
de las calígines.
Quién de la familia
podría haber aceptado
que ese adolescente,
lampiño y contestatario,
hubierase enamorado
de la novia de
su hermano.
Saturday, February 11, 2006
La limosna
Hincado ante el santo
estaba el Horacio,
rogando fervorosamente
que la lotería de esa noche
le resultara favorecida.
En su mente algo infantil,
a pesar de sus largos
cuarenta,
creía que rezando
solucionaría todos
sus problemas.
Y éste, sí que era denso
como noche de tormenta.
Había jugado a los naipes
en el boliche de Aparicio
perdiendo hasta los
calzones de fiesta,
amén de unos pocos pesos
y el cuchillo repujado.
La maldita suerte
le sacó de quicio,
y lo peor de todo
es que al día siguiente,
con cura y misa
de esponsales,
se casaba con la Zoila.
Cruzó los dedos,
hizo el nombre del padre
y salió presuroso
de la iglesia,
no sin antes manotear
la alcancía
para juntarse con
algunas monedas;
bueno sería que ,
después de tanto rezo,
el santo que andaba
medio sordo últimamente,
no le hubiera escuchado.
estaba el Horacio,
rogando fervorosamente
que la lotería de esa noche
le resultara favorecida.
En su mente algo infantil,
a pesar de sus largos
cuarenta,
creía que rezando
solucionaría todos
sus problemas.
Y éste, sí que era denso
como noche de tormenta.
Había jugado a los naipes
en el boliche de Aparicio
perdiendo hasta los
calzones de fiesta,
amén de unos pocos pesos
y el cuchillo repujado.
La maldita suerte
le sacó de quicio,
y lo peor de todo
es que al día siguiente,
con cura y misa
de esponsales,
se casaba con la Zoila.
Cruzó los dedos,
hizo el nombre del padre
y salió presuroso
de la iglesia,
no sin antes manotear
la alcancía
para juntarse con
algunas monedas;
bueno sería que ,
después de tanto rezo,
el santo que andaba
medio sordo últimamente,
no le hubiera escuchado.
Friday, February 03, 2006
Pequeña historia
El temblor en los labios
se hizo màs evidente
cuando intuyò la presencia
de esa dama
en el salòn de invierno.
No se veìan
desde una lejana primavera en
que la maldad de los humanos,
interpuso una larga serie
de confusas malidicencias.
El puente entre ambos
se quebrò de inmediato
y el rencor hizo el
corte definitivo.
Ella se fué
sin saber que habìa
un hijo en camino
y èl, quedose probando
el sabor amargo del
abandono.
Cuando giró, para enfrentar
a la visita, no pudo creer
lo que tenìa delante.
No era la que esperaba
sin duda alguna,
porque los años
no pasan en vano.
Sin embargo, una voz
tìmida y angustiada,
dejò escapar sin ambages:
-¿ Es Ud. mi padre? -
se hizo màs evidente
cuando intuyò la presencia
de esa dama
en el salòn de invierno.
No se veìan
desde una lejana primavera en
que la maldad de los humanos,
interpuso una larga serie
de confusas malidicencias.
El puente entre ambos
se quebrò de inmediato
y el rencor hizo el
corte definitivo.
Ella se fué
sin saber que habìa
un hijo en camino
y èl, quedose probando
el sabor amargo del
abandono.
Cuando giró, para enfrentar
a la visita, no pudo creer
lo que tenìa delante.
No era la que esperaba
sin duda alguna,
porque los años
no pasan en vano.
Sin embargo, una voz
tìmida y angustiada,
dejò escapar sin ambages:
-¿ Es Ud. mi padre? -
Saturday, January 28, 2006
Añoranzas
Con la parsimonia que
le permitìan los años,
avanzó con paso lento
hasta el estrado ornado
con banderas y
guirnaldas.
Arribó a esas tierras
siendo un mozo
veinteañero,
pobre de solemnidad
y sin hablar una
jota del idioma.
Trabajó de sol a sol,
ganó y perdió fortunas,
encontró amores morenos
que le dieron una
vasta prole
y hoy, casi sesenta
años despuès,
trepaba al podio
para recibir un
pergamino con
cientos de firmas.
Ese abuelo perdido
entre la multitud de
aplausos,
sintió en sus venas
casi frìas, un ligero
correr de añoranzas
evocando aquel pueblo
que abandonò hacia
la Amèrica.
le permitìan los años,
avanzó con paso lento
hasta el estrado ornado
con banderas y
guirnaldas.
Arribó a esas tierras
siendo un mozo
veinteañero,
pobre de solemnidad
y sin hablar una
jota del idioma.
Trabajó de sol a sol,
ganó y perdió fortunas,
encontró amores morenos
que le dieron una
vasta prole
y hoy, casi sesenta
años despuès,
trepaba al podio
para recibir un
pergamino con
cientos de firmas.
Ese abuelo perdido
entre la multitud de
aplausos,
sintió en sus venas
casi frìas, un ligero
correr de añoranzas
evocando aquel pueblo
que abandonò hacia
la Amèrica.
Monday, January 23, 2006
El duelo
Cuando los aceros
se cruzaron,
al compás de jadeos y
sudores,
una corriente de muerte
se apoderó
del ambiente
saturado de
fritangas.
Sábado a la tarde,
naipes marcados,
una alusión a
cierta dama con
marca en el orillo,
gatilló el entredicho
entre el capatáz y el
encargado de la usina.
Ninguno de los presentes
quiso anticipar el resultado
por temor a quedar
enganchados en alguna
venganza tardía.
Cuando el comisario
con dos efectivos,
portadores de carabinas
recortadas y gastadas
por el tiempo,
dijeron presente
carajeando para
imponer respeto,
los cuchillos quedaron
suspendidos en
el aire.
Las ganas de achurar
al rival eran muchas,
pero el temor a la
autoridad era
mucho mayor.
Algunos, en el obraje,
habían conocido
el cepo implacable
y era aconsejable dejar
el convite
para mejor oportunidad.
Cada uno se fué
a un rincón,
mientras el
sargento primero,
gordo, desdentado
y catingudo
tomo posición
en el centro de la escena
y con voz de milicia
bien entendida, gritó:
"¡Una caña doble!"
Y se mandó el taco
al garguero,
sin mirar a los
subordinados que no
les quedó mas remedio
que pasarse la lengua por los
labios resecos.
se cruzaron,
al compás de jadeos y
sudores,
una corriente de muerte
se apoderó
del ambiente
saturado de
fritangas.
Sábado a la tarde,
naipes marcados,
una alusión a
cierta dama con
marca en el orillo,
gatilló el entredicho
entre el capatáz y el
encargado de la usina.
Ninguno de los presentes
quiso anticipar el resultado
por temor a quedar
enganchados en alguna
venganza tardía.
Cuando el comisario
con dos efectivos,
portadores de carabinas
recortadas y gastadas
por el tiempo,
dijeron presente
carajeando para
imponer respeto,
los cuchillos quedaron
suspendidos en
el aire.
Las ganas de achurar
al rival eran muchas,
pero el temor a la
autoridad era
mucho mayor.
Algunos, en el obraje,
habían conocido
el cepo implacable
y era aconsejable dejar
el convite
para mejor oportunidad.
Cada uno se fué
a un rincón,
mientras el
sargento primero,
gordo, desdentado
y catingudo
tomo posición
en el centro de la escena
y con voz de milicia
bien entendida, gritó:
"¡Una caña doble!"
Y se mandó el taco
al garguero,
sin mirar a los
subordinados que no
les quedó mas remedio
que pasarse la lengua por los
labios resecos.
Thursday, January 19, 2006
El baile
El protocolo exigía
traje de etiqueta.
"Qué antigüedad - pensó -
para estos tiempos" pero,
luego se dijo, que la fiesta
en aquel hotel
de habitaciones augustas,
merecía el vestido largo
y los pendientes de
agua marina.
Cuando el Brindis
de la Traviata arrancó
los primeros compases,
el corazón inició un
galope desconocido
y un ligero escalofrío
la hizo pestañear.
Frente a ella,
con garbo y categoría,
un coronel de la guardia
le solicitaba el placer
de la danza.
Sobre el piso espejado
y bajo techos de fina
arquitectura,
sintió que se mecía
en una barca entre
espumas perfumadas y
emociones cristalinas.
Apenas despertóse
aquella mañana
se miró, detenidamente,
en el espejo preguntado
dónde había estado
la noche pasada.
No hubo respuestas
y con la brisa de la
montaña un zorzal
desorientado,
se posó sobre la cama.
traje de etiqueta.
"Qué antigüedad - pensó -
para estos tiempos" pero,
luego se dijo, que la fiesta
en aquel hotel
de habitaciones augustas,
merecía el vestido largo
y los pendientes de
agua marina.
Cuando el Brindis
de la Traviata arrancó
los primeros compases,
el corazón inició un
galope desconocido
y un ligero escalofrío
la hizo pestañear.
Frente a ella,
con garbo y categoría,
un coronel de la guardia
le solicitaba el placer
de la danza.
Sobre el piso espejado
y bajo techos de fina
arquitectura,
sintió que se mecía
en una barca entre
espumas perfumadas y
emociones cristalinas.
Apenas despertóse
aquella mañana
se miró, detenidamente,
en el espejo preguntado
dónde había estado
la noche pasada.
No hubo respuestas
y con la brisa de la
montaña un zorzal
desorientado,
se posó sobre la cama.
Sunday, January 15, 2006
Traición
Tuvo razón cuando
me dijo, mirándome
bien de frente,
que mi traición
le había partido
el alma.
No atiné a balbucear
una disculpa
porque la daga fué
clavada hasta el fondo,
sin misericordia,
y sus ojos,
nublados por el odio,
me escupieron sin piedad.
Cuando las hojas del
otoño intentaban teñir
de blanco
los años de mi vida,
la encontré una mañana,
a la vuelta de una esquina.
Abrí la boca para ensayar
un saludo, pero las mismas
pupilas cargadas de viejos
rencores me
ignoraron para siempre.
me dijo, mirándome
bien de frente,
que mi traición
le había partido
el alma.
No atiné a balbucear
una disculpa
porque la daga fué
clavada hasta el fondo,
sin misericordia,
y sus ojos,
nublados por el odio,
me escupieron sin piedad.
Cuando las hojas del
otoño intentaban teñir
de blanco
los años de mi vida,
la encontré una mañana,
a la vuelta de una esquina.
Abrí la boca para ensayar
un saludo, pero las mismas
pupilas cargadas de viejos
rencores me
ignoraron para siempre.
Thursday, January 12, 2006
El juicio
Conforme a derecho,
el fiscal solicitó la
pena de muerte.
La sala de audiencias
colmada hasta los techos,
guardó un silencio
que pesaba en el ambiente
como plomo en quintales.
El juez observó
al jurado
y el acusado, tembloroso,
casi patético,
apoyó la cabeza
en ambas manos.
Por su mente
afiebrada y confusa
se deslizó la visión
sombría de una
pasión torturante
y torturada,
que lo llevó a rastras,
en un río de sangre,
aquel lejano domingo
de Ramos.
el fiscal solicitó la
pena de muerte.
La sala de audiencias
colmada hasta los techos,
guardó un silencio
que pesaba en el ambiente
como plomo en quintales.
El juez observó
al jurado
y el acusado, tembloroso,
casi patético,
apoyó la cabeza
en ambas manos.
Por su mente
afiebrada y confusa
se deslizó la visión
sombría de una
pasión torturante
y torturada,
que lo llevó a rastras,
en un río de sangre,
aquel lejano domingo
de Ramos.
Monday, January 09, 2006
La guerra
Temblaron los cimientos
de aquella hermosa casa
cuando las bombas
hicieron blanco
en los patios vecinos.
Era la guerra
barriendo vidas
con olor a pólvora
y ladrillos calcinados.
Fueron momentos
de la humanidad
inundados de dolor
y sangre.
Pero esa historia
se repite
a cada instante
sin querer
darnos cuenta
que somos hijos
de la misma madre.
de aquella hermosa casa
cuando las bombas
hicieron blanco
en los patios vecinos.
Era la guerra
barriendo vidas
con olor a pólvora
y ladrillos calcinados.
Fueron momentos
de la humanidad
inundados de dolor
y sangre.
Pero esa historia
se repite
a cada instante
sin querer
darnos cuenta
que somos hijos
de la misma madre.
Thursday, January 05, 2006
Don Agapito
Erase un almacén
de ramos generales
donde convivian
por doquier
caramelos de miel,
harinas en bolsas,
galletas a prueba
de picos,
jamones sobre
mostrador de madera
sobada, petardos,
bombitas eléctricas
y un sinfin de aromas
que pasaban desde el ajo
hasta la pimienta en granos.
Tenía permiso
para hacer los mandados,
siempre y cuando
cruzara las dos esquinas
mirando a ambos lados
en aquella calle empedrada
donde pasaba un tranvía
cada muerte de obispo.
Pero la excursión valía
la pena
porque Don Agapito,
al finalizar la compra,
regalaba un puñado de
caramelos
y con esa voz en
tono a ríadas gallegas,
gritaba:
-¡Joder, hombre,
qué grande estáis!-
de ramos generales
donde convivian
por doquier
caramelos de miel,
harinas en bolsas,
galletas a prueba
de picos,
jamones sobre
mostrador de madera
sobada, petardos,
bombitas eléctricas
y un sinfin de aromas
que pasaban desde el ajo
hasta la pimienta en granos.
Tenía permiso
para hacer los mandados,
siempre y cuando
cruzara las dos esquinas
mirando a ambos lados
en aquella calle empedrada
donde pasaba un tranvía
cada muerte de obispo.
Pero la excursión valía
la pena
porque Don Agapito,
al finalizar la compra,
regalaba un puñado de
caramelos
y con esa voz en
tono a ríadas gallegas,
gritaba:
-¡Joder, hombre,
qué grande estáis!-
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